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Arte del

siglo XIX

PRINCIPIO DE

incertidumbre

EL IMAGINARIO

modernista

DESCARGAS

LA CIUDAD INCIERTA

SUSANA AVILÉS AGUIRRE
SALVADOR RUEDA SMITHERS

LA CIUDAD COMO REPRESENTACIÓN TEATRAL

PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

Los ritmos de la vida miden el largo aliento vital de los individuos lo mismo que el flujo de las civilizaciones. Quedan registrados en las formas que el tiempo da a las cosas, a las pequeñas y a las enormes. Tal vez esa huella se destaque en los productos humanos más señalados: las ciudades.

No siempre florecen, no siempre su historia es de progresos. Las líneas del tiempo marcan quebrantos y renacimientos, éxtasis y agonías, estallidos de creatividad y extinciones. La Ciudad de México ha experimentado tales desasosiegos. En esta sección nos aproximaremos a uno de estos momentos que asemejan al desfallecimiento o la decadencia, aunque en realidad no haya sido más que el contingente correr de la historia y el movimiento del cambio generacional. Se tocará medio siglo de depresión, de estancamiento, en el lapso que corrió entre 1790 y 1864… Una exhalación en la biografía de la Ciudad de México. ❇

EL IMAGINARIO MODERNISTA

La paz porfiriana facilitó la aparición del Modernismo, movimiento de liberación intelectual de toda la América de habla hispana, que en especial en México tuvo connotaciones muy notorias en el comportamiento urbano, el descubrimiento de la vida nocturna, la bohemia, el artista y el escritor como figuras autónomas, ya con una vocación específica y un mundo imaginario propio. El naturalismo de origen científico alimenta los paisajes de Velasco y al interior de la ciudad se perfila una nueva manera de vivir, a la vez cosmopolita y con rasgos de miseria en los arrabales. Sin embargo, la ciudad sigue siendo un espacio extraño, crisol de búsquedas y contradicciones, donde lo mismo se da un arte popular de gran capacidad expresiva, como los grabados de Posada, o un paisajismo sofisticado que vendría a decantarse años después en la obra pictórica de Joaquín Clausell, junto a una modernidad anunciada en los trabajos de Julio Ruelas. El imaginario colectivo se expresa en hojas volantes, la creciente aparición de diarios y la publicidad naciente de negocios y almacenes. El retrato se vuelve una necesidad de reconocimiento tanto individual como social y las familias posan para la posteridad. El siglo XIX alcanza su madurez e inicia su camino hacia el siglo XX. ❇

El sueño de la razón

El mundo de ornatos del barroco ya había dado paso al de las geometrías precisas del tratado romano de arquitectura; florecía el nuevo clasicismo.

El gusto por la antigüedad clásica daría origen a la arqueología en 1764, con los descubrimientos en Pompeya y Herculano; el destino favorable lo replicaría en el corazón de la Nueva España, en ese mediar del verano de 1790. Una de las piedras se empotraría en la pared occidental de la Catedral Metropolitana; se le conocería como Calendario Azteca. La otra, indescifrable, tenía el rastro de ser un terrible dios pagano de garras afiladas, cráneos descarnados y serpientes en su tocado. Nada atinaba en sus volúmenes para considerarla “clásica”: era horrible, demasiado monstruosa para ser expuesta al público. Se la escondió en el patio de la Universidad, al oriente de la Plaza del Volador, a unos pasos de donde se la sacó del lodo y del olvido.

La ciudad vulnerable

La llamada “zanja cuadrada” se volvió prioridad material en 1810 y, eventualmente, los siguientes cincuenta años. Esta vez, al inicio de la guerra insurgente y ante el rumor de la cercanía de las tropas del cura Miguel Hidalgo, la mano de obra –para las posibles adecuaciones— sería del Ejército. El miedo a que la capital del reino fuera sitiada y tomada, era apenas comparable al de la imaginada invasión de los herejes de Napoleón.

Once años de guerra destruyeron la vida económica de todo el virreinato y volvieron a la floreciente Ciudad de México en una ciudad asediada. El virreinato y su corazón se descoyuntaron: el paisaje, después de la batalla por la independencia de España, era desolador.

Contener el aliento

Hay tiempo para crecer y tiempo para cambiar; tiempo de demoler y tiempo de levantar, tiempo de vivir la calma y tiempo de soportar la tormenta…. La sabia frase debió parecerles profecía a los jefes insurgentes, muchos de ellos curas desdoblados en caudillos. Era tiempo de cambiar, de padecer para la capital del reino. Al sumar la propaganda realista, la persecución y descalificación de militares, obispos e inquisidores, los habitantes de la Ciudad de México sintieron que se abría la ventana del Día Final.

Durante la guerra civil no faltaron sucesos que alteraran a los habitantes de la ciudad y sus alrededores, como el regreso de las tropas sitiadoras de Cuautla en mayo de 1812. Una crónica falsa cantaba la victoria de los hombres de Calleja y puntualizó que, por primera vez en un desfile, se escuchó el toque marcial de la trompeta. No es posible saber el impacto que tuvo entre la población citadina, agobiada por el temor a la inseguridad y por la presión contra criollos y castas.

Olor a tierra recién nacida

La ciudad, como espacio de vida y relaciones multiculturales, salió de su adormecimiento, de su confusión, una mañana de febrero de 1821. A partir de entonces, se sintieron semanas prometedoras de estabilidad política. El siglo XIX, finalmente, levantaría ideas nuevas de historia y de futuro alentador. Aunque no sin dificultades… Se sentía el olor a tierra recién nacida, para robar la imagen al poeta Jaime Sabines. El color verde de la bandera nacional y el pacto trigarante entre los enemigos combatientes, significaba lo que los nuevos mexicanos querían escuchar: la esperanza.

El final de la guerra habría dejado otra huella que no quiso atenderse: la pobreza generalizada y las arcas vacías del gobierno. Y tal vez se perdió la oportunidad para esta generación de retomar el hilo en la naturaleza de las cosas.

Pintos, colorados y cangrejos

Marzo de 1854 sería el principio del fin del largo y confuso gobierno de Antonio López de Santa Anna. En Ayutla, región extrema del recientemente erigido estado de Guerrero, un grupo de liberales firmó el Plan de Ayutla. Parecía uno más de los escritos que llamaban a la destitución del general y presidente, y a un Congreso constituyente que cubriera los vacíos jurídicos de la Constitución de 1824. Esta vez los hombres de Ayutla consiguieron dibujarse como proyecto nacional. De este movimiento nacería la república federal y la separación de la Iglesia de los asuntos de gobierno civil.

Para esos momentos Santa Anna era ya una figura desgastada, un político que ya no era el punto de equilibrio entre liberales y conservadores, entre las facciones del ejército y garantía de fueros militares y eclesiásticos.

Los soldados de Ayutla llegarían a la Ciudad de México. Sus habitantes revivieron un sentimiento que les había acompañado desde los lejanos días de la insurgencia: el miedo al extraño.

TRANSVERSALES

Transversal: Arte y estética en la propaganda política de la Ciudad de México

LA PROPAGANDA EN EL SIGLO XIX. 1

LA PROPAGANDA EN EL SIGLO XIX. 2

La propaganda en el siglo XIX. 1

Entre 1821 y 1867, se alternaron en el poder los grupos liberales y los conservadores. El gran debate entre estos grupos se dio, sobre todo, en la arena de la prensa. En esta sociedad, profundamente dividida por proyectos y visiones del mundo irreconciliables, floreció lo que los historiadores llaman la prensa doctrinaria de combate.

Es necesario mencionar que cada vez que tomaban el poder los liberales, se proclamaban leyes favorables a la circulación de periódicos y cuando los movimientos conserveros triunfaron, se proclamaron leyes censoras, se restringió la libertad de imprenta y se encarcelaron periodistas.

La propaganda en el siglo XIX. 2

Díaz utilizó las herramientas de la prensa doctrinaria de combate. Ya en la presidencia, buscó acotar a los periodistas; apoyó leyes que moderaban la libertad de imprenta y subsidió una prensa moderna, inspirada en el modelo norteamericano.

Consolidó un poderoso aparato propagandístico que promovía la imagen del dictador como el paladín de la paz y el promotor del progreso de la nación. Por diversos medios, la propaganda oficial impulsó el culto a la persona de Porfirio y celebraba que México, al fin, había alcanzado un periodo de tranquilidad y progreso.

Las grandes fiestas del centenario de la Independencia fueron el proyecto de publicidad y propaganda política más ambicioso de la historia de México.