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Arte Virreinal,

siglos XVI-XVIII

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CIUDAD DE MÉXICO, EMPORIO DE LAS ARTES, FARO DE LA MONARQUÍA CATÓLICA

Alejandro Salafranca Vázquez

LA CIUDAD BORBÓNICA: EXPRESIONES ARTÍSTICAS DE UNA SUBMETRÓPOLI IMPERIAL

CIUDAD DE MÉXICO,

emporio de las artes, faro de la Monarquía Católica

Nueva España fue producto de la violentísima amalgama de la civilización mesoamericana con el Renacimiento español y los aportes africanos. Esta mixtura involuntaria, cruel y profusa, produjo una civilización sofisticada y desigual que fue capaz de construir en tres centurias una inmensa red de ciudades, catedrales, universidades, conventos, puertos, obrajes, vías, aduanas, ejércitos, haciendas y minas, todo ello de un nivel tal que las ciudades novohispanas fueron, en el siglo XVII y gran parte del XVIII, más ricas, dinámicas y opulentas que sus pares castellanas o aragonesas.

En este virreinato se desarrollaron producciones culturales y artísticas de primer orden, vinculadas con la Monarquía cuasi universal de la que formaba parte.

Desde la capital del virreinato se gobernaba el Asia hispánica, desde aquí se financió gran parte de la lucha ininterrumpida por la hegemonía en Europa, en esta ciudad se desarrolló una burguesía aristocratizante que dio lugar al embrión de una globalización capitalista; aquí se produjo la revitalización del último gótico, la reinterpretación del mudéjar y del plateresco, la revolución del barroco y la resistencia ante el neoclásico; se reinterpretó el arte plumario, se sublimó el arte de los enconchados, se revitalizó la cerámica castellana y china o se trasformó la laca oriental en maques irrepetibles.

En el centro de este universo estaba la Ciudad de México, una urbe compleja que se constituyó y se ganó un lugar destacado entre las grandes ciudades de la Monarquía Católica.

Las raíces estéticas de los conquistadores

Las décadas finales del siglo XV y primeras del XVI estuvieron marcadas, en el conjunto de Europa, por complejos y revolucionarios cambios estético-culturales. La todavía pujante herencia medieval tuvo que enfrentarse a nuevas corrientes defensoras de una ruptura radical con el universo estético anterior.

Este fenómeno se reflejó con especial claridad en los territorios del reino creado por los Reyes Católicos, en el que la herencia tardo-gótica se mezclará con influencias del renacimiento italiano, flamencas y la todavía viva herencia musulmana, para dar origen a estilos artísticos como el plateresco, el mudéjar o el gótico Isabelino, a caballo entre varios universos culturales. Este fue el complejo legado estético que los conquistadores trajeron consigo y desarrollaron en el Valle de México.

Prestigio y Guerra: dos civilizaciones frente a frente

En la conquista del extenso señorío de Moctezuma, se dio cita la parafernalia bélica que enfrentó a dos mundos que se batieron a muerte. Dos civilizaciones, dos técnicas, dos tácticas, dos ideas del mundo y dos concepciones diametralmente opuestas de la guerra se enfrentaron, desplegando ante sí todas sus señas identitarias en materia de prestigio y persuasión hacia un enemigo ignoto. La postrera victoria de los castellanos y sus aliados mesoamericanos cambió de raíz el rumbo y el sentido de milenios de desarrollo de una cultura originaria. Tenochtitlan, Tlatelolco, Iztapalapa y todas las urbes lacustres fueron testigos del despliegue guerrero de corazas, chimallis, canoas, bergantines, toledanas y obsidianas.

La villa mexica castellana. Nuevas urbes - viejas raíces

Terminada la gran batalla del cerco de Tenochtitlan en 1521, vencedores y vencidos comenzaron la construcción de una nueva ciudad de ciudades, surgida de los escombros de las muchas urbes ribereñas, y medularmente de las dos principales en el centro de los islotes: Tenochtitlan y Tlatelolco. Esa primera urbanidad virreinal, de la que poco ha sobrevivido a nuestros días, se nos muestra a través de los primeros conventos mendicantes levantados sobre los cimientos mexicas solidificando así las primeras construcciones españolas, a través de los capullis sobrevivientes a la caída de la Triple Alianza tributando ahora al nuevo orden instituido, y a través de los campanarios tañentes todavía conviviendo con las chinampas. Un mundo extinto de ciudades profundamente indígenas e incipientemente españolas.

Expansión barroca. Capital de ambos océanos

Consolidada la Ciudad de México como capital de un próspero virreinato de la Monarquía global hispánica, cobra fuerza una ciudad con un brioso impulso, espoleado este nuevo crecimiento por el estilo y la forma de vida barroca. El apogeo urbano, la consolidación política y económica transformó a la Ciudad de México en un faro cultural y económico del imperio hispánico. En el siglo XVII se gobernaba desde esta ciudad un inmenso territorio continental, se coordinaba el comercio entre Asia y Europa, vinculando Japón y China con Manila y desde allí con Acapulco, la propia Ciudad de México, Veracruz, Sevilla y desde la capital bética al resto de Europa. Las expresiones artísticas que creó esta nueva sociedad pujante, son reflejo de todo ello.

La Ciudad de México, emporio de las artes, faro de la Monarquía Católica

Nueva España, su capital y la civilización barroca, forman un triángulo inseparable. Este espacio centra la mirada en las temáticas y en la calidad de las obras de arte que en esta urbe, una de las más prósperas del imperio, se produjeron. Se muestra cómo en la Ciudad de México se pintaba, se manufacturaba, se compraba y se exportaba arte al nivel de cualquier centro de poder homólogo, en cualquier parte del extenso y complejo Imperio español, incluida la propia España peninsular.

Los grandes artistas aquí nacidos o aquí afincados, son reflejo de una sociedad sofisticada que importaba modelos de Rubens, cuadros de Zurbarán, arcángeles quiteños o cristos y vírgenes filipinos de marfil, que exportaba pintura para catedrales y conventos andaluces, platería para liturgia al mundo panhispánico, enconchados históricos para la Corte o lujosos maques para casas exigentes. Aquí se creó una excelsa música, se fabricaron retablos, campanarios, palacios, escuelas, talleres, cofradías, obrajes, acueductos, caminos, rutas comerciales, y fortificaciones.

La Ciudad borbónica: expresiones artísticas de una submetrópoli imperial

El siglo XVIII trajo importantes modificaciones en la estructura urbana y política de la Monarquía Católica. La pérdida de parte de sus reinos europeos aumentó el peso de las ciudades transatlánticas, y devino el hispánico en un imperio mucho más americano de lo que antes había sido. La secular pugna entre los virreinatos del Perú y de la Nueva España por la hegemonía americana, se decantó claramente a favor de éste último.

La Ciudad de México, uno de los ejes de la economía mundial durante el siglo XVIII, se convirtió también en una de las principales metrópolis de la Monarquía desde el punto de vista económico y demográfico, pero también del cultural. Un papel destacadamente visible en todas las formas de expresión artística, desde la arquitectura y la música, a la pintura y la escultura.

Impuestos imaginarios

La imaginería religiosa cristiana revela la conquista sistemática del imaginario mesoamericano por parte del catolicismo. El arrollador desembarco de santos, vírgenes, diablos, cristos, temas bíblicos y piadosos, se sustanció y tomó cuerpo en obras de arte magníficas que poblaron la geografía novohispana y de la Ciudad de México de un despliegue de mensajes religiosos sin precedentes. La conquista espiritual como método depurado de dominar conciencias y de trasformar creencias logró con cierta rapidez que el corpus ideológico europeo transformara para siempre la religiosidad en el Valle de México que evolucionó desde las milenarias creencias religiosas mesoamericanas hacia un catolicismo popular original y distinto de sus similares europeos.

El guadalupanismo. Ciudad e identidad

La aparición de la virgen de Guadalupe y lo que esta devoción supuso en la conformación de la idiosincrasia de esta ciudad, fundamentalmente desde el siglo XVII hasta nuestros días, es lo que se desprende de la mirada de estas obras. Símbolo desde el siglo XVII del orgullo criollo, Ciudad de México y Guadalupe fueron, y lo son en nuestros días, una dupla inseparable y explicativa de la personalidad sincrético-religiosa de este gran conglomerado humano. El culto guadalupano evolucionó desde un culto popular marginal confinado al Tepeyac en el siglo XVI, hasta convertirse en el siglo XVIII en un culto masivo que cohesionó la forma de sentir lo divino de los novohispanos. Su reflejo en el arte a partir del siglo XVII se dejó sentir en obras artísticas de primer orden como las que aquí se exhiben.