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Cartografía,

siglos XV-XX

DESCARGAS

LOS PLANOS COMO AFECCIONES DEL ALMA. MÉXICO, CIUDAD Y REPRESENTACIONES

Luis Ignacio Sáinz
Jorge González Aragón

MÉXICO Y ASIA

Rodrigo Rivero Lake

LA CIUDAD DE MÉXICO

a través de la cartografía.
Siglos XVI al XX

La representación de la Ciudad de México, a través de planos y mapas, permite comprender la génesis de un espacio urbano con patrimonio construido y entorno natural desde su fundación. La geografía se convierte en testigo y testimonio del empeño social por hacer habitable, primero, las riberas de una cuenca lacustre y, después, el asentamiento en un islote en expansión, que se convertiría en el escenario de un prodigio: México-Tenochtitlan ( 1325 ), su siamés de Tlatelolco y a las urbes ya existentes de Azcapotzalco, Texcoco y Tlacopan, entre otras. La ciudad mexica se asumiría heredera de Cuicuilco, Teotihuacan y Tula, asentamientos señeros del Anáhuac.

Con la invasión de los españoles conoceríamos el esplendor de la capital del imperio, en buena medida por el relato de sus cronistas. Nos sigue asombrando al convidar sus secretos y tesoros, sepultados durante más de medio milenio.

Los cambios en esta geografía se harían sentir sin miramientos, transformándola en una metrópoli de vocación terrestre de corte hispánico, colmada de palacios y templos dedicados al dios vencedor en la Conquista. Una urbe de calzadas y canales que empezaba a distanciarse de sus lagos (Zumpango, Xochimilco, Chalco, Xaltocan y Texcoco). ²

La ciudad ideal indígena

La destrucción de los documentos indígenas, códices, memoriales y planos, impiden conocer de primera mano cómo los mexicas levantaron e imaginaron su ciudad flotante. De trasmano nos hacemos una idea, velada con seguridad, de su traza, composición y significado, mediante iconografías y mapas posteriores a 1521, algunos de ellos de mano indígena, fabricados a solicitud de los conquistadores por tlacuilos expertos, “los que escriben pintando”. Tras la destrucción en el cerco de 1521 de México-Tenochtitlan, el ombligo del universo sobreviviría como urbe idealizada en las planimetrías occidentales durante cerca de dos siglos, convirtiéndose en su propio mito.

La ciudad avasallada, espacio resignificado

Los vencedores aportarán evidencias de su presencia en un mundo calificado de “nuevo”, que desconoce los vestigios del pasado, y por ende puede ser demolido, reciclado y enterrado. La nueva organización del espacio, esa traza que modifica de raíz las infraestructuras hidráulicas y se apega “al sueño del orden” ultramarino del alarife Alonso García Bravo, dejará constancia de su peculiar forma de organización en una serie casi infinita de planos y mapas que redistribuyen los símbolos del poder, alteran los patrones de asentamiento, transforman las prácticas sociales autóctonas, relocalizan a la población nativa y donde la urbanización de nuevo cuño inicia un nuevo sometimiento del medio ambiente.

La ciudad convulsa hasta el triunfo del "Orden y Progreso"

La revolución de Independencia buscará la identidad del régimen soberano naciente, sucumbiendo a las tentaciones monárquicas y republicanas, sin anclaje efectivo en el pasado, haciendo del caos, sistema: un sinfín de asonadas militares, la invasión estadounidense, el Imperio de Maximiliano de Habsburgo, la intervención francesa. La ciudad no podrá sustraerse a esta fuerza desestabilizadora, hasta serenarse en la dictadura constitucional de Juárez, la restauración de la República, consolidarse en “la paz de los sepulcros” de Díaz y la paradoja de que la cultura francesa se alza victoriosa en la derrota de Napoleón III, detonándose una modernidad sólo constructiva.

La ciudad, tradición renovada

La longevidad del porfiriato se manifestó con particular brío en su atención a la metrópoli del Anáhuac, fomentando su crecimiento y ornamentación, así como la fábrica de infraestructuras y el surgimiento de instituciones (gubernamentales, médicas, educativas o carcelarias), privilegiando la arquitectura en tanto signo de bienestar, así fuera escenográfico. La caída del viejo dictador permitiría la renovación de la tradición urbana. La capital, entendida como núcleo ordenador de la nación, se convertiría en su propio paradigma de convivencia colectiva y nacionalismo, abriéndose a un funcionalismo cosmopolita fundado en el olvido y desdén del pasado. Agotado el desarrollo estabilizador, la ciudad de México aprendió a partir de 1970 a sobrevivir en la crisis.