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Acerca de

PRESENTACIÓN: LA CIUDAD DE MÉXICO CONTADA DESDE EL ARTE

Miguel Ángel Mancera

PRÓLOGO

Eduardo Vázquez

LA CIUDAD DE MÉXICO EN EL ARTE: TRAVESÍA DE OCHO SIGLOS

José María Espinasa
Alejandro Salafranca Vázquez
Coordinadores

Presentación

La exposición La Ciudad de México en el arte: Travesía de ocho siglos corrobora a la cultura como una de las prioridades de esta Administración en la CDMX. Se trata de un vasto recorrido histórico que ofrece una mirada múltiple sobre el trabajo artístico que nació y se inspiró en nuestra capital.

En esta muestra se aprecia, desde aquella ciudad prehispánica que hoy se asoma en cada esquina, a la urbe virreinal que dio origen a creaciones arquitectónicas, pictóricas, musicales y literarias de primer orden, pasando por las expresiones del Siglo XIX que delinearon el perfil de nuestra nación, a las vanguardias del Siglo XX y hasta las nuevas corrientes de búsqueda artística en el Siglo XXI con las nuevas tecnologías.

Se trata de visiones múltiples, diversas y plurales, como corresponde a una ciudad como esta, que es ejemplo de libertad y democracia. Una ciudad de mil rostros se revela en estas obras, que aglutinan diversas formas de ver el mundo mediante la creación del arte.

Sirva esta exposición como un ejercicio de reconocimiento y autoreconocimiento, como el esbozo para el autorretrato de nuestra identidad como ciudad. Que esta narración iconográfica sea placentera y abra la reflexión sobre nuestra capital como un punto de encuentro con el arte mexicano, orgullo y patrimonio nacional.

Expreso un sincero reconocimiento a los especialistas, curadores y museógrafos, así como a las instituciones públicas y privadas que contribuyeron en esta muestra irrepetible.

La experiencia no podría tener mejor sede que el Museo de la Ciudad de México, recinto emblemático de nuestra urbe, que en su reinauguración muestra con orgullo su majestuosa fachada y la belleza de sus patios interiores, después de la detallada intervención que le devolvió su esplendor.

Dr. Miguel Ángel Mancera Espinosa
Jefe de Gobierno de la Ciudad de México

Prólogo

La palabra “travesía” tiene varios sentidos: tránsito en el tiempo, cruce del espacio, navegación de la historia y de los momentos en que un imaginario colectivo encarna en obras de arte, en poemas y crónicas, edificios y canciones. Esta exposición quiere dar cuenta de lo que esos objetos creados narran en su continuidad y en su contigüidad. Diferentes historias en un ejercicio de diversidad que se corresponde con una urbe multifacética como lo es nuestra ciudad.

Cuando se pensó en esta exposición el primer asunto fue determinar su marco temporal. Se pudo empezar muchos años antes –siglos quizá–, pero de lo que se trataba era de dar cuenta de la construcción de la ciudad, o más precisamente, de esta ciudad de ciudades, por lo que todos los involucrados asumimos la propuesta del antropólogo Alejandro Salafranca, de partir del siglo XIII, etapa de la consolidación definitiva en el valle lacustre (Anáhuac) de los pueblos nahuas de Chicomoztoc, un siglo antes de la fundación de Tenochtitlan. A partir de ahí se realizó una segmentación por periodos históricos bien definidos: el esplendor mesoamericano, el virreinato, la construcción del México independiente durante el siglo XIX, la gran aventura de las utopías del siglo XX, hasta el presente, en un siglo XXI que ya se ha puesto en marcha, aunque nadie sabe muy bien hacia dónde.

Cada periodo fue asignado en su concepción curatorial a un especialista en el tema que, además, tuviera la capacidad de comunicar al gran público la construcción de ese recorrido. Se pensó también en la necesidad de que dichos periodos de carácter consecutivo estuvieran comunicados por ejes transversales –otra vez el eco de la travesía– que permitieran una lectura sincrónica a través de la música, la cartografía, la propaganda o la literatura. Tiempos continuos y tiempos simultáneos capaces de trazar el recorrido.

No se trataba de dar una nueva versión de nuestra historia, sino de mostrar, como en un retrato cubista, las distintas facetas del rostro, como esas figuras de perfil que sin embargo nos miran de frente. A la vez, en el proceso de trabajo –de fijar las líneas conceptuales, elegir piezas para la exposición, articular su interacción– el equipo curatorial, coordinado por Alejandro Salafranca y José María Espinasa, fue viendo que la propia narrativa creaba ángulos insospechados y nuevas formas de mirar nuestra historia, y que es posible reconocer la incesante reinvención de la Ciudad de México mediante la observación de las obras de arte que se han gestado en su seno.

Si bien fuimos conscientes desde el principio del desafío que representa esta exposición, también recibimos con gusto el entusiasmo que suscitó entre instituciones y personas del medio cultural a las que se presentó el proyecto, las que hicieron considerables esfuerzos para que museos, fundaciones y coleccionistas privados pudieran aportar sus acervos para esta gran exhibición. Para esta tesitura el Museo de la Ciudad muestra un rostro renovado después de un periodo de trabajos de mantenimiento necesarios, que no sólo dotan al museo de una infraestructura a la altura de los mejores del país, sino que hacen justica al recinto, pieza clave del patrimonio cultural que la Ciudad de México custodia.

Una travesía es, pues, un viaje y un entrecruzamiento. Es una mirada de ocho centurias, a través del arte, a la idea que de nosotros mismos tenemos los habitantes de esta urbe. Las expresiones artísticas no cuentan cómo fueron los acontecimientos; esta muestra, en consecuencia, no trasluce cómo fue la ciudad o cómo es, el arte da cuenta de otra cosa: de cómo nos vemos, de cómo queremos ser o de cómo sentimos que somos. Esto es justamente lo que refleja esta gran exposición. Si las intenciones se cumplen, el visitante de la muestra podrá ver la ciudad de los mil y un rostros, la suya y la de los otros, la antigua y la moderna, la de tiempos difíciles y la de las grandes aventuras sociales; la de los pueblos indígenas y la de los migrantes de otras naciones; la de los barrios y la de los movimientos colectivos, la ciudad de las diferencias y la ciudad de la tolerancia, la ciudad en busca de igualdad y justicia y la de las apuestas futuras, la del individuo y la del pueblo. De cualquier forma, no hay manera de agotar esta ciudad: siempre ofrecerá sorpresas y nunca se dejará a atrapar en una sola visión.

El Gobierno de la Ciudad de México, la Secretaría de Cultura y el Museo de la Ciudad se sienten honrados de presentar ante el público esta muestra y con ella reinaugurar este recinto. El edificio mismo, lo he dicho en otras ocasiones, es parte fundamental de esta y otras muestras que en él se han presentado. Esperamos que nuestros visitantes vean en esta exposición la grandeza de la ciudad que habitan y en la que colaboran en su construcción y reconstrucción cotidiana, diaria y permanente.

Eduardo Vázquez Martín
Secretario de Cultura de la Ciudad de México

La Ciudad de México en el arte: travesía de ocho siglos

La ciudad es imaginada por la humanidad como una de las pocas utopías realizadas. A la vez, el imaginario colectivo la vive como una posibilidad siempre a punto de cumplirse y como una distopía infernal cumplida. Inexorablemente termina por imponerse una tautología: la ciudad es la ciudad posible, esa en la que vivimos. Serpiente que se muerde la cola y se enseña a sí misma los colmillos barruntados con un veneno que el trabajo de sus habitantes vuelve curativo. Para el Museo de la Ciudad de México dar cuenta de las prolijas y bizarras historias de esta urbe es una vocación fundadora, vocación que quiere dar lugar al presente que nos da rostro y al futuro que nos reinventa, como si se tratara de una novela que no termina nunca de escribirse. Ese relato lo escriben los habitantes de la ciudad en sus leyendas y cuitas, en su manera de caminarla, de enamorarse en sus calles, de trabajar, de sufrir en sus banquetas y esquinas, de festejar en sus plazas, de trajinar sus vidas en sus redes infinitas.

Una de esas historias, tal vez la más hermosa e interesante, es la que cuenta sus últimos ocho siglos de existencia con base en las creaciones artísticas: la pintura que la describe, el urbanismo que la circunscribe, la arquitectura que la habita, la literatura que la dice, la poesía que la canta. Estas expresiones dibujan no una, sino muchas historias de la ciudad. Un laberinto dentro de otro que repentinamente deviene en el campo abierto en el que estamos, tal vez, más perdidos que antes, pero gozosos con el relato en que nos describimos. En Travesía de ocho siglos quisimos presentar un conjunto de historias a través de las obras de creadores tanto anónimos como con nombre propio, esos que han tomado como motivo, icono e inspiración a esas calles y a esos habitantes que protagonizan y preconizan gran parte de estas creaciones.

Para ello la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México invitó a reconocidos especialistas a proponer una lectura visual, musical, conceptual, social y antropológica de distintos periodos históricos de esta capital, para que ejercieran, en el marco de estas fronteras cronológicas, su capacidad personal de elección de las creaciones artísticas que mejor contaron o reflejaron lo sucedido, lo pensado o lo imaginado en las travesías pretéritas de este enorme conglomerado humano que es la megalópolis mexicana. No hay belleza sin verdad, ni ésta existe sin la primera. Somos conscientes de que toda elección curatorial de cómo representar o de cómo fue representada la Ciudad de México en el arte es discutible y controvertible, pues ella misma es un acto creativo, es una acción intelectual deliberada. Precisamente la intención es esa: dialogar sobre estas elecciones, sobre este discurso curatorial con visión disruptiva y polifónica, discutirlo, suscitar la conversación y la reflexión en torno de la capacidad de los hombres de representarse en este ámbito urbano de vocación lacustre durante algo menos de un milenio. Así, en la muestra convergen ideas diversas de un nutrido grupo de especialistas de formación y trayectorias muy distintas, un heterogéneo grupo de divulgadores de la cultura de extensa carrera: César Moheno, Alejandro Salafranca Vázquez, Tomás Pérez Vejo, Salvador Rueda Smithers, Luis Rius Caso, Rafael Barajas “El Fisgón”, Luis Ignacio Sainz, Jorge Aragón Castellanos, José Antonio Robles y José María Espinasa, apoyados por un amplio grupo de profesionales y por el equipo del Museo de la Ciudad de México, que contribuyeron a dar la semblanza artística de esta exposición que tiene una clara vocación de homenaje a la Ciudad de México y a su peso específico en la historia universal y del arte.

El recorrido comienza con una mirada al Anáhuac en el siglo XIII, cien años antes de la fundación de Tenochtitlan y Tlatelolco. Una época trascendente en la que por primera vez en más de un milenio, el corazón cultural, político y demográfico del septentrión mesoamericano se desplaza desde sus territorios ancestrales en Teotihuacan y Tula hacia las riberas del lago, espacio del que no se movería el nervio civilizatorio mesoamericano hasta su destrucción exógena por los invasores ibéricos. Hace ocho siglos el náhuatl era ya la lingua franca del valle, los toltecas-chichimecas habían arribado dando una savia nueva y un empuje cultural renovado al entorno de los lagos, fecundándolos mediante la tradición cultural de la extinta Tula. En el siglo XIII la civilización urbana de las riberas lacustres ya acogía a las ciudades-estado que serían protagonistas de la historia de esta ciudad en los siguientes siglos. Azcapotzalco dominaba el escenario geopolítico, y urbes pujantes como Tlacopan, Texcoco o Culhuacán le disputaban el dominio y la supremacía. Los mexicas tlatelolcas y tenochcas ya eran actores de peso en el tablero de esta urbanidad floreciente. Comenzar la travesía en el siglo XIII es un homenaje a todas estas ciudades y culturas sobresalientes que posteriormente, entre el siglo XIV al XVI, fueron sometidas a la potencia imperial de los señoríos mexicas florecidos en el centro de los lagos. La muestra, en consecuencia, se enfoca seguidamente en las primeras manifestaciones de los mexicas que en el siglo XIV fundan las ciudades de Tenochtitlan y Tlatelolco tras su deambular mercenario por las riberas lacustres bajo el yugo tepaneca, y tras emparentar con la aristocracia de Culhuacán para ennoblecer su estirpe con la herencia de la mítica Tula.

El despliegue de la creatividad de los mexicas se palpa en su simbiosis de convivencia con los lagos, en el culto a sus deidades, en su afán expansivo y en la formulación de su bélica teogonía a través del urbanismo, la arquitectura y la escultura. Una magnífica y sorprendente progresión urbana y cultural interrumpida por la, no por anunciada menos inesperada, llegada de los españoles, que dan, tras la destrucción de las ciudades tenochcas en el sitio de 1521, nuevos cauces a la urbe, transforman la religión y la sociedad, los sonidos, la traza y los imaginarios, e imponen un nuevo idioma. Desde entonces y hasta hoy la ciudad ya se pensaba y se representaba en el arte.

Los tres siglos del virreinato o Nueva España, un periodo de contrastes, de enorme riqueza y diversidad, nos cuentan a través de la pintura, la escultura, la plumaria, la música y la poesía, los sinsabores y la resignificación posterior de la guerra de conquista y del propio pasado prehispánico, el desembarco de la teofanía judeocristiana, los fastos de una corte novohispana en desarrollo y consolidación, el surgimiento de nuevas clases y los gustos estéticos a ellas asociados, el acomodo social y étnico en el nuevo estado de cosas, la inserción protagónica orquestada desde la Ciudad de México en una economía globalizada que puso en contacto interdependiente a China, Filipinas, Japón, Nueva España, Castilla, Aragón, Flandes y Nápoles. Nuevas creencias y nuevas idiosincrasias, que nos cuentan, en definitiva, el nacimiento, a través de sus expresiones artísticas, de una nueva cultura macerada lentamente en tres siglos de permanencia en la Monarquía Católica, cuyos caracteres propios, su originalidad temprana, hacen de las creaciones novohispanas una muestra singular de originalidad, alejada de los viejos tópicos de supeditación colonial al arte europeo. El arte virreinal constituye el rostro del nuevo mundo acrisolado en la ciudad capital del reino más extenso y complejo de la hispanidad.

El siglo XIX será el tiempo de la ruptura y a la vez el de la continuidad. Inicio incierto de una nación que nace colapsada tras la guerra de independencia, cuyos reacomodos en el nuevo estatus de Estado soberano, las guerras civiles y las depredadoras intervenciones foráneas, dejarán huella en una Ciudad de México que se erigió en capital del nuevo país estancada y empobrecida durante los primeros decenios decimononos, y en consecuencia ralentizada su ancestral pulsión artística.

Las paradojas de la consolidación social en México, los anhelos de las nuevas clases sociales, la fidelidad tanto a ideas que se encontraban en plena transformación como a los frutos de un sincretismo tan racial como religioso y cultural, van a desembocar en una idea original: la del nuevo país que llamamos México. Una nación de nuevo cuño con asideros históricos muy profundos. Ya en las últimas décadas de ese siglo, una vez consolidado el modelo republicano y federal, y alejados los fantasmas neocoloniales, surge en México un culto, si no es que una religión, hacia lo bello, reflejado en las ideas del modernismo que simbolizaría una independencia creativa respecto de la herencia europea y que sorprendería por su capacidad de proponer conceptos distintos. Imágenes oníricas que representarán mejor el mundo del momento, el perfeccionamiento de técnicas como el grabado, y el surgimiento de otras como la fotografía, vendrían a enriquecer la realidad y a multiplicar el alcance de esa utopía sustanciada en el imaginario colectivo. En la estela de todo ello se reconstruirá gran parte de la ciudad.

La Revolución mexicana teñiría de sangre el paisaje y formularía importantes reclamos de justicia social. A la vez, abriría, al consolidarse las ideas democráticas, un nuevo espacio para la creación; el muralismo, la novela, el cine y la poesía deslumbrarían a México y al mundo con sus miradas de gran fuerza y singular belleza. Vendría un siglo de consolidación social, de gran riqueza cultural y de contradicciones sociales e ideológicas sin número, paisaje en el cual la creatividad de los artistas encontraría su alimento. Las ciudades, en especial la Ciudad de México, no para de crecer, y la cultura con ella. El pasado antiguo o el presente más inmediato se conjugan en la manera de vivirla y pensarla, de imaginarla en el cine, de fotografiarla con la lente, de cavilar su arquitectura, de vivir sus acontecimientos. Esta travesía de ocho siglos quiere dar cuenta de esas muchas sendas imaginadas para su destino, que convergen en la realidad contemporánea.

Travesía: un viaje que se desarrolla a la vez lineal y transversalmente, que avanza en un acontecer sin retroceso y a la vez vuelve atrás como si avanzara, o regresara al dar un salto hacia adelante; sincronías y diacronías que surcan los traicioneros mares del tiempo, pero que reflejan siempre el hoy de los habitantes de esta urbe. Un viaje temporal que sin embargo permanece en el mismo lugar, lugar que debemos reconocer de nuevo cada mañana, y para ello viene en nuestro apoyo la creación de los artistas. Habría habido otras maneras de contar la historia: su ingeniería –en una urbe que la necesita tanto por sus condiciones físicas–, la de sus creencias o las de sus servicios públicos, la de su medicina o la de sus religiones, las de sus gestas civiles o la de sus amores. ¿Por qué escogimos el arte? Porque pensamos que en él –en el crisol de oficios y disciplinas, trabajos colectivos e intuiciones individuales– cabe todo lo primero, y no sólo encuentra acomodo, sino que se transforma y adquiere sentido. Preguntarnos quiénes somos es una manera de preguntarse en qué espejo nos vemos. Somos los herederos de nuestro pasado milenario indígena o somos la culminación de la civilización ibérica en la novedad de ese mundo encontrado al azar, somos la lucha denodada por adquirir una identidad como nación o la imposible suma de individualidades de una ciudad que amenaza con autodevorarse. Somos la metrópoli que provoca envidia en el mundo o aquella que llora por sus muertos, somos la que acoge perseguidos o la que persigue a sus hijos. No basta con decir que somos un manojo de contradicciones y una voluntad de futuro, hay que darle sentido, y como se dijo, es el arte y la poesía los que lo crean.

Esa idea del crisol está presente en el propio edificio del museo, lugar de síntesis y mestizaje, radiografía y espejo pétreo de la historia creativa de esta urbe. Como si estuviera enclavado justo a la mitad de esos ocho siglos, el museo recoge en su arquitectura el devenir de la ciudad indígena y lacustre a la ciudad de los palacios que con sus canales, alberos y adoquines, anuncia ya en su concepción los aires de la guerra fratricida de Independencia, sin olvidar su pasado precolombino al apoyar su erguida hidalguía en el monolito tenochca de la cabeza de serpiente que nos mira en la esquina de la avenida José María Pino Suárez y la calle de República de El Salvador, en un lugar de bullente actividad citadina. Su historia, desde que el actual edificio fuera construido en la segunda parte del siglo XVIII, nos permite comprender el signo de los tiempos. Casa señorial que deviene después de la Revolución mexicana en vivienda proletaria, casa en la que habita Joaquín Clausell, pintor y abogado de pobres, que nos lega el estudio que lleva su nombre con unos murales fascinantes y heterodoxos en uno de los momentos más brillantes de la plástica mexicana. Casa en ruinas que el genio arquitectónico de Ramírez Vázquez, arquitecto que marcó a la vez a la ciudad y a la cultura con sus construcciones y proyectos, supo visualizar en los años sesenta como Museo de la Ciudad de México. En el recinto se formaron e informaron de la ciudad los habitantes de la capital de las últimas décadas del siglo XX y descubrieron en sus salas lo viva que estaban la cultura y el arte del nuevo siglo.

Dio comienzo entonces la vocación expositiva e introspectiva en cuya senda se sustancia medio siglo después la necesidad de representar en sus salas esta travesía. ¿Qué queda de aquel recorrido secular? La travesía lo irá mostrando. Los basamentos físicos y metafísicos de la cultura nahuatlata se desdibujaron bajo la civilización hispánica trasladada a nuevas tierras. No sólo crecerán raíces culturales y estéticas de ese pasado, sino que, sólo si lo entendemos, se conocerá cómo se dio el mestizaje, cómo la pintura adquirió personalidad propia y cómo en un lapso relativamente breve –¿qué son siglo y medio en la historia?– competía ya con la gran pintura europea, ya con la arquitectura barroca europea, hasta superarlas. Discusiones teológicas y sociales de alto nivel y amplio espectro fueron de la mano con el evidente deseo de diferenciación en un nuevo mundo que se asumió en su condición de novedad. La Ciudad de México fue La Ciudad con mayúsculas desde aquellos años, mayúsculas que a veces llevamos como un pesado fardo y a veces –la más de las veces– con gran orgullo.

El siglo XIX fue a la vez un siglo de conflictos, esperanzas, feroz resistencia, incertidumbres y construcciones de identidades: a la novedad del continente se sumó el sentimiento de la nación, en términos de José María Morelos y Pavón, y la novedad de la patria, para usar palabras de Ramón López Velarde. El siglo decimonono fue en cierta manera una gran lección de historia, el tránsito no sólo político y civil, sino mental, de pasar de ser súbditos de un monarca trasnacional a ser ciudadanos de una nación independiente en busca de su rostro. Democracia, república, imperio, la lucha entre conservadores y liberales, la emergencia de la generación juarista y la Reforma, el largo régimen porfirista, el descubrimiento o la invención de un imaginario propio, la consolidación de la burguesía.

El siglo XX es un camino de la utopía a la distopía, rico en aventuras sociales y artísticas; el XX es un periodo que se vuelve fascinante por recoger en cierta manera los siete siglos anteriores, sus búsquedas y sus necesidades, sus aciertos y sus errores, su capacidad de futuro, el cual en realidad se materializa en presente en los primeros años del siglo XXI. Y todos estos periodos, atravesados como por unos imaginarios rayos X que llamamos miradas transversales de la música y la cartografía, la propaganda y la literatura, nos muestran el sistema nervioso, las vísceras y el esqueleto del cuerpo visto desde dentro.

El esfuerzo de la orquesta se valora por cómo suena el día del concierto. Creemos que suena armónica y originalmente, y por ello nuestro agradecimiento a todos los que han contribuido a concretar esta exposición es subrayado e infinito. Los asistentes a la muestra, los lectores de este catálogo, los que visiten el portal digital de la exposición, sabrán si nos dan la razón. Si se cumple la propuesta de ver mejor y distinto, más a fondo y con voluntad de futuro a la capital del país, se habrá cumplido el cometido.

José María Espinasa
Alejandro Salafranca Vázquez
Coordinadores